Fiesta de la Divina Misericordia 27 de Abril de 2014

Deseo que la Fiesta de la Misericordia sea refugio y amparo para todas las almas y, especialmente, para los pobres pecadores. Ese día están abiertas las entrañas de Mi misericordia. Derramo todo un mar de gracias sobre las almas que se acercan al manantial de Mi misericordia. El alma que se confiese y reciba la Santa Comunión obtendrá el perdón total de las culpas y de las penas (Diario 699).

Jesus es la luz del mundo siguele

Petición de Jesús a Santa Faustina

Por medio de esta imagen colmaré a las almas con muchas gracias, por eso que cada alma tenga acceso a ella” (Diario, 570)

Dos santos de la Divina Misericordia

Dos santos de la Divina Misericordia
Santa Faustina Kowalska Y Juan Pablo II

DIARIO DE LA DIVINA MISERICORDIA EN MI ALMA

DIARIO DE LA DIVINA MISERICORDIA EN MI ALMA
SECRETARIA DE LA DIVINA MISERICORDIA

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domingo, 12 de junio de 2011

PENTECOSTÉS EL DON DE LA FILIACIÓN DIVINA.

JUAN PABLO II


AUDIENCIA GENERAL

Miércoles 26 de julio de 1989
Pentecostés: el don de la filiación divina
1. En la teofanía de Pentecostés en Jerusalén hemos analizado los elementos externos que nos ofrece el texto de los Hechos de los Apóstoles: “un ruido como el de una ráfaga de viento impetuoso”, “lenguas como de fuego” sobre aquellos que están reunidos en el Cenáculo, y finalmente aquel fenómeno psicológico-vocal, gracias al cual entienden lo que dicen los Apóstoles incluso aquellas personas que hablan “otras lenguas”. Hemos visto también que entre todas estas manifestaciones externas lo más importante y esencial es la transformación interior de los Apóstoles. Precisamente en esta transformación se manifiesta la presencia y la acción del Espíritu-Paráclito, cuya venida Cristo había prometido a los Apóstoles en el momento de su vuelta al Padre.


La venida del Espíritu Santo está estrechamente vinculada con el misterio pascual, que se realiza en el sacrificio redentor de la cruz y en la resurrección de Cristo, generadora de “vida nueva”. El día de Pentecostés los Apóstoles ―por obra del Espíritu Santo― se hacen plenamente partícipes de esta vida, y así madura en ellos el poder del testimonio que darán del Señor resucitado.


2. Sí, el día de Pentecostés el Espíritu Santo se manifiesta como Aquel que da la vida; y esto es lo que confesamos en el Credo, cuando proclamamos: “Dominum et Vivificantem”. Se realiza así la economía de la autocomunicación de Dios, que comienza cuando Él “se dona” al hombre, creado a su imagen y semejanza. Este donarse de Dios, que constituye originariamente el misterio de la creación del hombre y de su elevación a la dignidad sobrenatural, después del pecado se proyecta en la historia en virtud de la promesa salvífica, que se cumple en el misterio de la redención obrada por Cristo, Hombre-Dios, mediante el propio sacrificio. En Pentecostés unido al misterio pascual de Cristo, el “donarse de Dios” encuentra su cumplimiento. La teofanía de Jerusalén significa el “nuevo inicio” del donarse de Dios en el Espíritu Santo. Los Apóstoles y todos los presentes en el Cenáculo en compañía de la Madre de Cristo, María, aquel día fueron los primeros que experimentaron esta nueva “efusión” de la vida divina que ―en ellos y por medio de ellos, y por tanto en la Iglesia y mediante la Iglesia― se ha abierto a todo hombre. Es universal como la redención.


3. El inicio de la “vida nueva” se realiza mediante “el don de la filiación divina”, obtenida para todos por Cristo con la redención, y extendida a todos por obra del Espíritu Santo que, en la gracia, rehace y casi “re-crea” al hombre a semejanza del Hijo unigénito del Padre. De esta manera el Verbo encarnado renueva nueva y consolida el “donarse” de Dios, ofreciendo al hombre mediante la obra redentora aquella “participación en la naturaleza divina”, a la que se refiere la segunda Carta de Pedro (cf. 2 P 1, 4); y también San Pablo, en la Carta a los Romanos, habla de Jesucristo como de Aquel que ha sido “constituido Hijo de Dios, con poder, según el Espíritu de santidad, por su resurrección de entre los muertos” (1, 4).
El fruto de la resurrección, que realiza la plenitud del poder de Cristo, Hijo de Dios, es por tanto participado a aquellos que se abren a la acción de su Espíritu como nuevo don de filiación divina. San Juan, en el prólogo de su Evangelio, tras haber hablado de la Palabra que se hizo carne, dice que “a todos los que la recibieron les dio poder de hacerse hijos de Dios, a los que creen en su nombre” (1, 12).
Los dos Apóstoles, Juan y Pablo, fijan el concepto de la filiación divina como don de la nueva vida al hombre, por obra de Cristo, mediante el Espíritu Santo.
Esta filiación es un don que proviene del Padre, como leemos en la primera Carta de Juan: “Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos! (1 Jn 3, 1). En la Carta a los Romanos, Pablo expone la misma verdad a la luz del plan eterno de Dios: “Pues a los que de antemano conoció, también los predestinó a reproducir la imagen de su Hijo para que fuera Él el primogénito entre muchos hermanos” (8, 29). El mismo Apóstol en la Carta a los Efesios habla de una filiación debida a la adopción divina, habiéndonos predestinado Dios “a ser sus hijos adoptivos por medio de Jesucristo” (1, 5).


4. También en la Carta a los Gálatas, Pablo se refiere al plan eterno concebido por Dios en la profundidad de su vida trinitaria, y realizado en la “plenitud de los tiempos” con la venida del Hijo en la Encarnación para hacer de nosotros sus hijos adoptivos: “Envió Dios a su Hijo, nacido de mujer... para que recibiéramos la filiación adoptiva” (Ga 4, 4-5). A esta “misión” (missio) del Hijo, según el Apóstol, en la economía trinitaria está estrechamente ligada la misión del Espíritu Santo, y de hecho añade: “La prueba de que sois hijos es que Dios ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama: ¡Abbá, Padre!” (Ga 4, 6).


Aquí tocamos el “término” del misterio que se expresa en Pentecostés: el Espíritu Santo viene “a los corazones” como Espíritu del Hijo. Precisamente porque el Espíritu del Hijo nos permite a nosotros, hombres, gritar a Dios junto con Cristo: “Abbá, Padre”.


5. En este gritar se expresa el hecho de que no sólo hemos sido llamados hijos de Dios, “sino que lo somos” como subraya el Apóstol Juan en su primera Carta (1 Jn 3, 1). Nosotros ―por causa del don― participamos de verdad en la filiación propia del Hijo de Dios, Jesucristo. Esta es la verdad sobrenatural de nuestra relación con Cristo, la cual puede ser conocida sólo por quien “ha conocido al Padre” (cf. 1 Jn 2, 14).
Ese conocimiento es posible solamente en virtud del Espíritu Santo por el testimonio que Él da, desde el interior, al espíritu humano, donde está presente como principio de verdad y de vida. Nos instruye el Apóstol Pablo: “El Espíritu mismo se une a nuestro espíritu para dar testimonio de que somos hijos de Dios. Y, si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos de Cristo” (Rm 8, 14).
6. El Espíritu Santo “sopla” en los corazones de los creyentes como el Espíritu del Hijo, estableciendo en el hombre la filiación divina a semejanza de Cristo y en unión con Cristo. El Espíritu Santo forma desde dentro al espíritu humano según el divino ejemplo que es Cristo. Así, mediante el Espíritu, el Cristo conocido por las páginas del Evangelio se convierte en la “vida del alma”, y el hombre al pensar, al amar, al juzgar, al actuar, incluso al sentir, está conformado con Cristo, se hace “cristiforme”.
7. Esta obra del Espíritu Santo tiene su “nuevo inicio” en el Pentecostés de Jerusalén, en el culmen del misterio pascual. Desde entonces Cristo “está con nosotros” y obra en nosotros mediante el Espíritu Santo, actualizando el plan eterno del Padre, que nos ha predestinado “para ser sus hijos adoptivos por medio de Jesucristo” (Ef 1, 5). No nos cansemos nunca de repetir y de meditar esta maravillosa verdad de nuestra fe.







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